JAZZ

El sábado pasado tras escuchar a Patax en directo, con el empujón de las cervezas hasta fui corriendo a Rogelios a sacar al cajero y me compré el disco (gran decisión). Estaba muy animado, aunque por otro lado pensaba que la probabilidad de que fuera el último disco físico que me comprara en la vida, era alta. Por un rato pensé en cambiar la forma de enfocar mi ahorro de dinero de estos años: sería para enseñar música a niños de un pueblo con problemas de supervivencia, y arraigar sus vidas al tierra a través del jazz y de tocar juntos. Tengo instrumentos y conocimientos que se pueden usar para dar sentido a vidas que de otra forma huirían tras el canto de sirenas que oyen en las redes sociales. Engañosos atractivos que esconden vidas iguales, intereses fáciles y reflexiones precocinadas. En este caso la buena música me hacía dichoso.
Pero hoy con Michel Camilo ha sido diferente. La dicha se ha tornado en tristeza por intervención de la belleza y la energía transmitida en una sala de conciertos. Me entristece que puedan venir figuras de la talla de Michel a Zaragoza, y poca gente lo conozca y escasos 9 o 10 jóvenes se interesen. Mientras tanto, se habla de los Grammis de Rosalía y La Vida Moderna llena estadios con entradas a un precio equiparable. Son este tipo de vivencias las que en el fondo me hacen ser como soy, y poner en cuestión todo a todas horas. El pensar que nos estamos perdiendo el potencial que hay en tantas personas, limitadas por la imposición de la cultura dominante hecha para vender y someterte a trabajar para consumir. Que podrían tener la capacidad de crear para conmover y disfrutar creando, o como mínimo capacidad para apreciar lo sublime que hay detrás de la obra del artista. De valorar el estudio, el conocimiento profundo, la práctica y dedicación. El sentimiento.
Me siento triste al darme cuenta que, para qué voy aponer una story del concierto en IG, si además de no transmitir apenas nada de lo que realmente sucede, no tiene ningún impacto. Va a seguir siendo algo minoritario e incomprendido. Quizá el envoltorio de humor alrededor de mi insistencia en la demanda de cultura, no es más que expresión de mi desesperación, y desdibuja el hecho de que sufro al ver que las modas ocultan lo que objetivamente es mejor, más profundo y más elevado. Que una ola de mediocridad convierte en una planicie de arena, los castillos que representan la ópera, la danza, las sinfonías, el ensayo, la pintura, la improvisación, la novela, el folclore o el teatro.
Mucha gente me dará la razón en que tiene más valor la interpretación de un concierto para piano y orquesta de Rachmaninoff, que un Late Night. Sin embargo, no somos consecuentes con dónde ponemos nuestro dinero, porque no está de moda. Por ejemplo La Vida Moderna o Pantomima Full me resultaba interesante cuando era humor incorrecto por criticar las actitudes mayoritarias de los jóvenes, pero me deja de interesar cuando el joven enfrentado al espejo de la realidad, asume la burla y lejos de cambiar de actitud, la refuerza y la toma como seña de identidad (identidad común a todos por cierto). Me hizo gracia el otro día un escritor que decía algo así como “quien se denomine millenial en primera persona, se dará un hostia tremenda a la hora de la verdad, es decir a los 40 años”.

(Año 2018)

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